
Grupos ecologistas internacionales emprendieron una campaña para tratar de detener la flota de balleneros japoneses que desde diciembre pasado opera en la reserva marítima de la Antártida, donde se alimentan el 75 por ciento de los cetáceos del mundo.
Los ambientalistas hacen de todo para frenar la cacería: Persiguen sin cesar a las embarcaciones niponas, se interponen con sus barcos para impedir que arponeen a las ballenas y bloquean el repostaje de combustible.
Sea Shepherd, Greenpeace y otros grupos ecologistas se encuentran enfrascados no sólo en detener a las embarcaciones japonesas, sino también en lograr que se prohíba de manera definitiva la caza de ballenas.
Esa campaña ha sido apoyada por Australia y Nueva Zelanda, que rechazan abiertamente la cacería. Canberra envió aviones y el rompehielos Oceanic Vinking a la reserva marítima de la Antártida con la misión de grabar y fotografiar el comportamiento de los balleneros japoneses.
Este año la flota nipona tenía la meta de matar 935 ballenas minke, 50 rorcuales comunes y 50 jorobadas, por lo que la operación de vigilancia procuraba recoger pruebas fotográficas y emprender una acción legal que ayudara a interrumpir esas actividades.
Aunque Noruega es el único país del mundo que permite la caza comercial de ballenas, según cifras de grupos ecologistas, Japón e Islandia capturan más de dos mil ejemplares cada año. En el caso de Japón, el gobierno argumenta que la captura tiene fines científicos y que el consumo de estos animales es parte de la cultura nipona. La realidad es que la matanza del animal representa una cuantiosa inversión, pues su carne va a parar a los platos de lujosos restaurantes japoneses. Se preparan especialidades culinarias tradicionales, como el tocino de ballena y el yamatoni, carne cocida en salsa de soya, entre otras.
Los métodos para la cacería de estos mamíferos marinos han sido altamente cuestionados. Investigaciones científicas revelan que el animal puede tardar entre dos minutos y varias horas en morir y sufre mucho en el proceso.
Todo comienza con el disparo de un arpón de 70 a 90 kilogramos, sujeto a un cable de acero, y armado con una cabeza explosiva, que estalla al penetrar en la piel del ejemplar. Si el animal no muere por la explosión, el cañonero lleva un segundo arpón sin cable. La tripulación del barco llega hasta la ballena moribunda, le perfora el abdomen y le inyecta aire comprimido para que flote; después la remolca hasta el barco fábrica y en él inicia el proceso.
Ante el acelerado incremento de la caza de ballenas, el organismo internacional regulador decretó en 1986 una moratoria en la que prohibía la caza de este mamífero. Sin embargo, en uno de sus artículos permitió la captura de ballenas con fines científicos, aunque no fijó los límites.
Países como Japón, Noruega e Islandia han explotado los vericuetos legales de la moratoria y la han utilizado como fachada para encubrir sus verdaderos propósitos comerciales. La cacería de ballenas por parte de esos países forma parte de un plan estratégico que promueve la reasunción de la caza a gran escala y sobre todas las especies.
Los ambientalistas hacen de todo para frenar la cacería: Persiguen sin cesar a las embarcaciones niponas, se interponen con sus barcos para impedir que arponeen a las ballenas y bloquean el repostaje de combustible.
Sea Shepherd, Greenpeace y otros grupos ecologistas se encuentran enfrascados no sólo en detener a las embarcaciones japonesas, sino también en lograr que se prohíba de manera definitiva la caza de ballenas.
Esa campaña ha sido apoyada por Australia y Nueva Zelanda, que rechazan abiertamente la cacería. Canberra envió aviones y el rompehielos Oceanic Vinking a la reserva marítima de la Antártida con la misión de grabar y fotografiar el comportamiento de los balleneros japoneses.
Este año la flota nipona tenía la meta de matar 935 ballenas minke, 50 rorcuales comunes y 50 jorobadas, por lo que la operación de vigilancia procuraba recoger pruebas fotográficas y emprender una acción legal que ayudara a interrumpir esas actividades.
Aunque Noruega es el único país del mundo que permite la caza comercial de ballenas, según cifras de grupos ecologistas, Japón e Islandia capturan más de dos mil ejemplares cada año. En el caso de Japón, el gobierno argumenta que la captura tiene fines científicos y que el consumo de estos animales es parte de la cultura nipona. La realidad es que la matanza del animal representa una cuantiosa inversión, pues su carne va a parar a los platos de lujosos restaurantes japoneses. Se preparan especialidades culinarias tradicionales, como el tocino de ballena y el yamatoni, carne cocida en salsa de soya, entre otras.
Los métodos para la cacería de estos mamíferos marinos han sido altamente cuestionados. Investigaciones científicas revelan que el animal puede tardar entre dos minutos y varias horas en morir y sufre mucho en el proceso.
Todo comienza con el disparo de un arpón de 70 a 90 kilogramos, sujeto a un cable de acero, y armado con una cabeza explosiva, que estalla al penetrar en la piel del ejemplar. Si el animal no muere por la explosión, el cañonero lleva un segundo arpón sin cable. La tripulación del barco llega hasta la ballena moribunda, le perfora el abdomen y le inyecta aire comprimido para que flote; después la remolca hasta el barco fábrica y en él inicia el proceso.
Ante el acelerado incremento de la caza de ballenas, el organismo internacional regulador decretó en 1986 una moratoria en la que prohibía la caza de este mamífero. Sin embargo, en uno de sus artículos permitió la captura de ballenas con fines científicos, aunque no fijó los límites.
Países como Japón, Noruega e Islandia han explotado los vericuetos legales de la moratoria y la han utilizado como fachada para encubrir sus verdaderos propósitos comerciales. La cacería de ballenas por parte de esos países forma parte de un plan estratégico que promueve la reasunción de la caza a gran escala y sobre todas las especies.
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